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A pesar de no existir una definición universal del perdón, los teóricos enfatizan que implica la decisión de dejar ir los sentimientos negativos o cesar nuestra ira o indignación contra quien nos ofende, renunciar a la venganza o castigo y adoptar una actitud misericordiosa y de buena voluntad hacia el agresor, no dejando que la relación se vea afectada por la ofensa.

Otra vertiente que considero muy importante del perdón es la aplicada a uno mismo. Constantemente veo en la consulta personas que no se perdonan a sí mismas, que viven ancladas en el pasado reviviendo una y otra vez aquello que un día hicieron y que consideran como “algo malo” y en el momento en que llegan a ser conscientes de que la resolución de muchas de sus dolencias, tanto físicas como psíquicas, viene en este sentido, se produce una mejora considerable y un alivio que agradecen eternamente.

La aceptación de nuestros fallos y los de las personas que nos rodean, sin connotaciones de castigo o autocastigo por muy graves que nos parezcan a veces, el desterrar el rencor de nuestras vidas y no confundir el olvido con el perdón son las claves para vivir una vida plena y sana emocionalmente habiendo desarrollado la capacidad de perdonar.

Desafortunadamente aún observo en muchas personas pensamientos de que el perdón tiene que ver con el olvido, que si perdonan al ofensor quiere decir que olvidan totalmente la ofensa y eso hace que sigan sin saber o sin querer perdonar y por supuesto sin conocer y experimentar los innumerables beneficios del acto de perdonar. También se da el caso de quienes simplemente olvidan la ofensa, pensando que eso les sanará y se equivocan porque en estas ocasiones no tomaron la decisión de perdonar y sí de olvidar. Tampoco perdona quien no se siente ofendido por lo que otras personas considerarían una ofensa. Tampoco perdona quien deja de sentirse ofendido tras las explicaciones del presunto ofensor que hacen ver que no existió ofensa alguna.

El perdón es obviamente un beneficio para el perdonado, pero también sirve al perdonante y el no otorgarlo puede llegar a producir efectos adversos. Investigadores que estudian la salud mental y emocional saben una cosa: si no trabajamos para lograr un estado de ánimo de algo parecido al perdón, somos nosotros los que sufrimos el mayor daño. Una larga historia de investigaciones ha demostrado que guardar resentimiento, odio e ira trae muchas consecuencias negativas para la salud que se pueden manifestar de diversas formas, desde problemas emocionales y cardiovasculares hasta un sistema inmunológico debilitado.

Para finalizar me parece muy interesante el punto de vista respecto al perdón de Daniel Goleman, psicólogo y autor de Inteligencia Emocional e Inteligencia Social: “No es necesario condonar algún acto ofensivo, olvidar lo que pasó o reconciliarse con el agresor”, señala; “significa encontrar una manera de liberarse de las garras de la obsesión del daño”.